Análisis crítico de una moda (infundada) en alimentación y salud, a través del libro superventas 'Las MENTIRAS QUE ENSEÑÉ en la facultad de MEDICINA'
Durante la irregular trayectoria de este blog experimental que —como todos mis proyectos blogueros— no sé a dónde me llevará —ni si continuará o se detendrá temporal o definitivamente— en uno de los temas que mayor interés despiertan en mí desde hace 31 años, me acabo de dar cuenta de que nunca he hablado —hasta el momento— de una de las modas más implantadas desde hace décadas en alimentación y salud: las dietas bajas en carbohidratos que, a lo largo de su existencia como propuesta dietética, empezaron con un reclamo de nicho concreto, pero luego se han desarrollado, atravesando ya el medio siglo de existencia, hasta abarcar los reclamos pseudocientíficos más infundados de la salud, que hace un siglo estaban prácticamente vedados al vegetarianismo, primero higienista estadounidense y luego naturista europeo.
Lo verdaderamente curioso del asunto en mi opinión —demostrando así con obvias evidencias qué es y cómo funciona la pseudociencia— se encuentra implícito en un aspecto esencial: puede cambiar de manera opuesta el continente de las afirmaciones especulativas —pero sin ningún fundamento más allá de las opiniones emitidas en total subjetividad— manteniendo el mismo contenido ideológico y modo de operar. Me explico.
Hace entre uno y dos siglos se estableció, en plena revolución industrial, la primera moda filosófico-especulativa que marcaría el comienzo de la pseudociencia basada en los temas de alimentación y salud. Se desarrolló en forma de doble movimiento diferenciado aunque muy similar en el trasfondo: la idea de la cura natural o que solo podemos preservar la salud —y recuperarla si la hemos perdido— mediante la alimentación vegetariana, el ayuno y una serie de procedimientos asociados a la naturaleza: agua, sol, arcilla y aire. El primer movimiento nació en la segunda mitad del siglo XIX en Estados Unidos y adoptó el nombre de higienismo. Como también hubo una corriente médica y social basada en mejorar la salud pública mediante la higiene —saneamiento y prevención de epidemias— dentro del mismo siglo, los referentes higienistas matizaron su movimiento —sin ninguna relación con el higienismo médico y social— como higiene vital y/o higiene natural —siendo este último término el que más se usó, alcanzando la mayor popularidad entre sus ideólogos, defensores y practicantes —. Los referentes principales fueron Isaac Jennings (1773-1874), William Alcott (1798-1855), Sylvester Graham (1794-1851), Mary G. Nichols (1810-1884), Russell T. Trall (1812-1877), Joel Shew (1816-1855), George H. Taylor (1821-1896), Susanna W. Dodds (1830-1911), John H. Tilden (1851-1940) y George S. Weger (1874-1935). Durante el siglo XX el renovador neohigienista más popular e influyente con diferencia fue Herbert M. Shelton (1895-1985), referente definitivo de todos los defensores actuales del higienismo. El segundo movimiento nació a finales del siglo XIX en Europa y se extendió durante la primera mitad del siglo XX —con referentes significativos en Hispanoamérica—, adoptando el nombre de naturismo. Aunque se confunde el término con nudismo, se trata de dos movimientos diferentes. En muchas ocasiones el naturismo integró —en la primera mitad del siglo XX— el nudismo como una práctica más, pero no siempre fue así. La idea filosófica especulativa principal que fundamenta todo el naturismo está plasmada a la perfección en la definición de la RAE: "Doctrina que preconiza el empleo de los agentes naturales para la conservación de la salud y el tratamiento de las enfermedades". Luego, el movimiento se desarrolló —a nivel histórico— a través de dos grandes corrientes opuestas y enfrentadas, aunque en el trasfondo defendían las mismas ideas y procedimientos: la corriente de los médicos naturistas y la corriente de los naturópatas. Los dos precursores fueron Vincent Priessnitz (1799-1851) y Sebastian Kneipp (1821-1897) —pioneros ambos de una de las doctrinas fundamentales en el naturismo: la hidroterapia—. Algunos de los referentes principales fueron Arnold Rikli (1823-1906), Louis Kuhne (1835-1901), Arnold Ehret (1866-1922), Benedict Lust (1872-1945), Manuel Lezaeta Acharán (1881-1959), José Castro Blanco (1890-1981), Eduardo Alfonso Hernán (1894-1991) o Nicola Capo Baratta (1899-1977).
Tanto el higienismo —higiene natural— estadounidense, como el naturismo europeo e hispanoamericano se fundamentaron por primera vez en la falacia de apelación a la naturaleza o argumentum ad naturam aplicado a la salud —pero sobre todo a las enfermedades—. Esta falacia argumental —cuya afirmación principal es que lo natural es bueno y lo artificial es malo— escenifica el origen de las pseudoterapias y pseudomedicinas, es decir, la pseudociencia aplicada a las cuestiones de la salud y su pérdida, presentándose como tratamiento correctivo milagroso para revertir todas —literalmente— las enfermedades. Sus argumentos ad naturam afirmaban que la salud solo podía mantenerse —o recuperarse si se había perdido— en estrecho contacto con la naturaleza —aunque no eran primitivistas que preconizaran el regreso absoluto a un estado pretecnológico, sino que defendían recuperar un contacto directo con los agentes naturales, como los paseos por la montaña, el baño en agua fría de embalses naturales y el mar, o tomar el aire, el sol... estar en contacto con la tierra—. Pero lo más interesante de todo fueron las extrañas ideas que desarrollaron en torno a la alimentación como medio principal para preservar la salud —aspecto en el que no estaban equivocados del todo, aunque las explicaciones dadas solo fueran especulaciones subjetivas sin ningún fundamento— y recuperarla si se había perdido —donde, al parecer, sí se equivocaron, con afirmaciones totalmente infundadas, erróneas y muy peligrosas—. Entre los énfasis pseudoterapéuticos y pseudomédicos más descabellados puestos, cabe destacar el rechazo a la farmacología y las vacunas —en no pocas ocasiones rechazando también la teoría germinal de las enfermedades— o las monodietas frugívoras —sólidas y líquidas— junto con el ayuno como tratamiento principal de cualquier enfermedad. Por descontado que todas las evidencias investigadas y el propio avance científico de la medicina desde entonces, niegan por completo la utilidad o validez de esas bienintencionadas ideas y propuestas, especialmente cuando nos enfrentamos a problemas graves de salud donde peligra la integridad e incluso vida de la persona afectada.
Pero la pseudociencia aplicada a la salud —en forma de pseudoterapias y/o pseudomedicinas—, destacando sobre todo la alimentación, ha sido inmune desde entonces a cualquier evidencia científica sólida y seria, obviando todo escollo o cortapisa que haya aparecido en su camino, defendiendo a capa y espada una serie de afirmaciones imperecederas y a prueba de pensamientos racionales, reinventándose desde la segunda mitad del siglo XX de maneras muy poco creativas y fácilmente desenmascarables a nivel comparativo, excepto para cualquier tipo de pensamiento irracional fundamentado en tirar de todos los sesgos cognitivos a mano, así como repetir exactamente los mismos clichés y argumentos en el fondo, aunque solo un poco maquillados para que parezcan la novedad más sorprendente de toda la historia.
Y... ¿qué fallo podría tener la pseudociencia aplicada a la salud —entendiendo que la base axiomática siempre es la alimentación— como para generar suficientes resistencias en el grueso de la población y por tanto necesitar una reinvención ajustada a ese amplio nicho de mercado desaprovechado —entendiendo en este caso que cualquier libro sobre alimentación y salud que se fundamente en opiniones infundadas pero contundentes, donde se ofrezcan hipotéticas respuestas falaces pero creíbles y presuntas soluciones para todo problema de salud, especialmente la obesidad, será siempre un superventas y el inicio de un negocio redondo—?
Mi respuesta es el vegetarianismo. Los dos movimientos clásicos citados y que le dieron el pistoletazo de salida a estas dinámicas analizadas tenían un grave problema en el trasfondo y era —como veremos a continuación— fundamentarse en el vegetarianismo. ¿Por qué digo que era un grave problema? Muy sencillo. Haz cálculos y lo verás tú mismo con facilidad: ¿qué porcentaje de la población mundial, a escala global, es vegetariana? Según las estimaciones estadísticas hablamos del 5% al 8% en la actualidad. Aunque son centenares de millones de personas, no obstante sigue siendo un nicho de mercado muy reducido. Se está desaprovechando entre el 92% y el 95% de la población. ¿La solución? Reinventar los mismos movimientos, pero reenfocándolos dietéticamente hacia lo que más nos gusta a nivel alimentario con diferencia, según las inequívocas estadísticas mundiales: la carne, el pescado y los mariscos.
Todo este cambio de perspectiva pseudocientífica en torno a la alimentación y la salud empezó a mediados de la década de 1970 en Estados Unidos —¿dónde si no?—. Primero se popularizaron las dietas bajas en carbohidratos, cuyo fundamento principal tenía todos los ingredientes del éxito asegurado: aumentar el consumo de alimentos de origen animal, destacando las carnes, los pescados y los mariscos, reduciendo simultáneamente el consumo de alimentos de origen vegetal, destacando los derivados de la revolución agrícola neolítica y más consumidos en el mundo entero: cereales, legumbres y patatas.
En un principio estas dietas se enfocaron exclusivamente en la pérdida de peso. Si bien es cierto que a comienzos de la segunda mitad del siglo XIX (1863) el empresario funerario británico William Banting (1796-1878) publicó un folleto especificando la dieta de su propia invención que había desarrollado para perder peso, siguiendo los consejos —al parecer— de un médico al que consultó y que se fundamentaba en comer a base de carnes, pescados y verduras, bebiendo vino, no obstante fue un cardiólogo estadounidense llamado Robert C. Atkins (1930-2003), ya rebasado el siglo desde el panfleto de Banting, quien puso de moda la versión más extrema de las llamadas dietas bajas en carbohidratos —dieta cetogénica—, a través de un libro superventas publicado originalmente en 1972 y que dio origen tanto a la dieta Atkins como al negocio millonario de su autor: La revolución dietética del Dr. Atkins (Grijalbo, Barcelona, 1976). En la actualidad las ventas de este libro y sus actualizaciones se estiman entre los 12 y los 15 millones de ejemplares. Se trata de algo muy preocupante, pues, por descontado que la dieta cetogénica como la propuesta por Atkins no solo está lejos de ser saludable —ni siquiera es sostenible a largo plazo— sino todo lo contrario: si nos atenemos a la evidencia científica y los hechos, es bastante insaludable y peligrosa por diversos motivos —todos los amplios datos y sus actualizaciones están en el post que el dietista-nutricionista y divulgador español Julio Basulto Marset le dedicó en su espacio web, el 18 de julio de 2019: 'La dieta cetogénica está de moda. El rigor científico no'—.
Pero tan solo tres años después del rotundo éxito de Atkins con su presunta "revolución" dietética enfocada a una fallida —entre tantísimas— dieta milagro de —hipotético— adelgazamiento, otro médico estadounidense, en este caso gastroenterólogo, Walter L. Voegtlin (1904-1975), publicó un libro el mismo año de su muerte, convirtiéndose en el pionero de la dieta paleolítica, actualmente reconfigurada como paleodieta: 'The Stone Age Diet. Based on In-depth Studies of Human Ecology and the Diet of Man'.
La especulativa aunque incorrecta —pues lo que argumenta no tiene nada que ver con lo que en realidad se comía en el paleolítico— paleodieta acabó poniéndose de moda como el mismo enfoque que los movimientos de vuelta a la naturaleza, pero en este caso reformulados como una presunta vuelta al paleolítico, usando con exactitud el mismo tipo de especulación pseudocientífica: atribuir las causas de todos los males —enfermedades y achaques que padecemos— al alejamiento de la naturaleza. La diferencia en este caso es solo de grado: los ideólogos y defensores de la paleodieta pretenden ser todavía más puristas que los naturistas, remontándose hasta los orígenes de nuestra especie, entendiendo con ello que volver a una dieta "paleolítica" que imite la de los primeros cazadores-recolectores sería la solución a todos los problemas de salud que, a su juicio, empezaron por culpa de la agricultura en el neolítico.
Aquí es donde me fascina sobremanera y nunca deja de sorprenderme la credulidad humana sin remedio. ¿Volver a una dieta que imite la paleolítica 10.000 años después del inicio de la agricultura? ¿Cómo es posible eso, si hace milenios que la alimentación ha cambiado drástica y radicalmente, mediante la domesticación de animales y plantas de manera ininterrumpida? Pero esto solo es el principio, pues para volver a una dieta que imite la paleolítica —es decir, alimentarse a base de lo que se encuentre fortuitamente en plena naturaleza salvaje, que hace 10.000 años que ya no existe porque ha sido transformada por completo sin parar— primero deberíamos saber con exactitud lo que se comía en el paleolítico. La inevitable pregunta que deberíamos hacernos antes de tomar decisiones es: ¿lo sabemos a ciencia cierta? Según las evidencias disponibles de la arqueología y la antropología, del 50% al 70% de los alimentos eran de origen vegetal y del 30% al 50% eran de origen animal —aunque nunca hubo, al parecer, una sola dieta, sino una amplia variedad de opciones condicionadas por el medio y las circunstancias, como es obvio—. Por tanto deberíamos empezar hablando de que nuestros antepasados paleolíticos eran recolectores-cazadores y no cazadores-recolectores, como siempre se ha dicho.
La paleodieta no es ni de lejos una dieta paleolítica, sino una invención posmoderna que utiliza una variante del sesgo de apelación a la naturaleza o falacia del argumentum ad naturam, atribuida en este caso a una vuelta al paleolítico imaginario que nunca existió, como argumento para vender una dieta baja en carbohidratos pero ligeramente modificada, emitiendo así un reclamo —erróneo— de salud: rechazo de los cereales y las legumbres como "perniciosos" productos derivados de la agricultura, "culpables" —en el imaginario de sus defensores— de todos los achaques posindustriales de salud, promoviendo el consumo de altas cantidades de carne y pescado —procedentes de la ganadería posneolítica intensiva o no—, corregidas con verduras, frutas y frutos secos —procedentes de la misma agricultura posneolítica de la que proceden los cereales y las legumbres—.
Pero entre la primera popularización masiva de una dieta cetogénica para perder peso por parte de Atkins, junto con las primeras especulaciones pseudopaleolíticas a nivel dietético de Voegtlin —en la primera mitad de la década de 1970— y la implantación de la paleodieta por parte del escritor estadounidense Loren Cordain —a partir de la publicación de su libro superventas LA DIETA PALEOLÍTICA. La paleodieta (Ediciones Urano, Barcelona, 2010) publicado originalmente en 2002— o lo que es lo mismo, la reconversión de las dietas bajas en carbohidratos desde un reclamo equívoco como dieta milagro de adelgazamiento a un reclamo equívoco como dieta milagro para mantener la salud y/o revertir las enfermedades, hubo un personaje entre medias que se inventó su propia versión y obtuvo un inmenso éxito popular —¿cómo no?—. Me refiero a la rimbombante "dieta hipotóxica de tipo ancestral" inventada por el inmunólogo francés Jean Seignalet (1936-2003) y que plasmó en su enciclopédico y dedicado —aunque no por ello acertado— libro La alimentación, LA 3ª MEDICINA. Cómo tratar enfermedades mediante una correcta alimentación (RBA Libros, Barcelona, 2004) publicado originalmente en 1996, que en la reedición española de 2016 se retitulaba LA ALIMENTACIÓN, LA TERCERA MEDICINA. La dieta revolucionaria que ha curado a miles de personas, título, cuando menos, muy pretencioso, peligroso y arriesgadísimo para una dieta baja en carbohidratos que prohíbe los cereales y las legumbres, promocionando un crudivorismo carnívoro —pues a juicio de su autor la cocción es el peor invento de la historia, generando macromoléculas imaginarias que permean los intestinos y pasan a la sangre, provocando todo tipo de enfermedades, en especial autoinmunes— y teniendo en cuenta que su autor murió de cáncer de páncreas con apenas 66 años de edad.
¿Esto tiene algún sentido en realidad? Bueno... el mismo que inventarse cualquier tipo de dieta, en base a una serie de especulaciones subjetivas que la justifiquen, con declaraciones grandilocuentes de salud donde se dé a entender que el método dietético presentado 1.) Explica el origen de todas las enfermedades o achaques de salud que generan gran preocupación y una problemática real en el momento de ser presentado el método y 2.) Ofrezca la solución radical a todos esos problemas, sin dudas ni medias tintas, con afirmaciones tajantes derivadas de tres ingredientes principales e ineludibles: salud total, vitalidad ilimitada y longevidad máxima. ¿Quieres un ejemplo? La macrobiótica es una propuesta que vende lo mismo en el contenido que la paleodieta, pero a través de un continente muy diferente: se trata de un método dietético absolutamente opuesto al que ofrece la paleodieta —alimentarse a base de cereales integrales, legumbres y unas cuantas verduras, con pescado, muy poca carne y nada de fruta ni prácticamente alimentos crudos, consumiendo altas cantidades de sal—. Ambas están infundadas por completo más allá de las especulaciones de sus creadores, ideólogos y referentes. Las evidencias científicas —las únicas rigurosas y exhaustivas a tener en cuenta— no respaldan ninguna de estas propuestas, todo lo contrario. Esa evidencia dice —desde hace tres décadas— que debemos aumentar el consumo de frutas frescas sin procesar, así como verduras, frutos secos, legumbres y cereales integrales, reduciendo el consumo de carnes a lo mínimo, limitando lo máximo el consumo de carne roja y evitando por completo las carnes procesadas. Por tanto, la paleodieta o cualquier propuesta de dieta baja en carbohidratos está desaconsejada, no es segura y puede ser perjudicial e incluso peligrosa, especialmente si la llevamos al extremo, es decir, la dieta cetogénica, que consiste en erradicar los carbohidratos de la dieta hasta el punto de provocar cetosis —estado metabólico natural en el que el cuerpo, a falta de glucosa disponible, usa las grasas para generar energía, produciendo como compuesto residual cuerpos cetónicos (sustancias que el hígado genera al descomponer las grasas para obtener energía cuando no hay glucosa disponible)—.
Dicho lo cual —y tras esta extensa introducción— empecemos con el análisis del libro citado en el título de este post.
La portada de Las MENTIRAS QUE ENSEÑÉ en la facultad de MEDICINA es toda una elocuente declaración múltiple de intenciones que solo sabrá descifrar alguien muy versado en estos menesteres del márquetin aplicado a la venta de pseudociencia, en este caso enfocada a la alimentación, la salud y la presunta prevención, así como reversión de las enfermedades.
Se trata de un arquetípico libro cliché de pseudoterapias y especialmente pseudomedicina, aunque escrito con una meticulosidad muy elaborada y mejor estudiada si cabe, para que parezca lo que no es: un libro riguroso, basado en la mejor evidencia científica, citando continuamente estudios y aparentes referencias solventes. Por descontado, hace años que las pseudociencias en el ámbito de la alimentación y la salud han perfeccionado su modus operandi, pero solo cuela en las personas que no saben identificar correctamente los trucos, las trampas y los engaños fácilmente identificables para cualquier persona que conozca el funcionamiento del método científico y las verdaderas evidencias consensuadas disponibles (que las hay). Analizaré el truco y la trampa principal para engañar al público profano, que suele ser el lector/consumidor común de este tipo de libros especulativos, infundados y peligrosos —por las posibles repercusiones adversas que puede tener en personas vulnerables, debido a muchos motivos—.
Pero volviendo a la portada, desglosemos sus declaraciones inequívocas de intenciones que, aprendiendo a llevarlo a cabo en un solo libro —este analizado—, podremos llevarlo a cabo en la aplastante mayoría de libros que hablen de alimentación y salud, pudiendo así identificar en el futuro los libros que solo nos venderán ideas especulativas de alto riesgo, pues no tienen más respaldo que las afirmaciones del autor y quienes lo secundan, o bien creyendo en esas ideas, o bien copiando y calcando esas ideas para repetirlas —incluyendo a todos los postulantes y/o inventores anteriores de esas ideas, que el autor ha copiado y calcado previamente—.
La primera pista es más escurridiza y difícil de identificar, pues requiere la perspicacia de un lector experimentado en variedad de lecturas amplias y diversas, no solo novelas de ficción. Consiste en conocer el tipo de editorial que publica el libro. Muchas veces esa primera pista —a tener en cuenta siempre en mi opinion— no nos servirá per se, pero en este caso sí y mucho. Nos será de gran utilidad sin duda, pues habla con la suficiente elocuencia. Ediciones Obelisco es una editorial de nicho, especializada en la publicación de libros de espiritualidad nueva era, cábala, esoterismo, pseudociencias —destacando todo tipo de pseudoterapias y pseudomedicinas— así como teorías conspirativas. Este dato es de gran relevancia para dar el primer paso y poder hacernos una idea sobre el tipo de libro ante el que —muy probablemente— estaremos.
Lo primero es lo más obvio y evidente por visible, destacando en dos colores de contraste diferenciado (rojo y azul de gran intensidad) sobre un fondo muy claro para que resalte, donde está impreso en blanco y segundo plano el famoso símbolo del comercio y las instituciones dedicadas a la economía, llamado caduceo —y que consiste en dos serpientes enroscadas sobre una vara alada en la parte superior— que, en este caso, como en tantos otros, se confunde con la vara de Esculapio, el verdadero símbolo de la profesión médica —y que consiste en una sola serpiente enroscada sobre una vara nudosa—: el título. En rojo intenso tenemos Las MENTIRAS... seguido en azul oscuro por... QUE ENSEÑÉ en la facultad de MEDICINA. Antes de entrar en el análisis de tan grandilocuente pero muy común cliché arquetípico de cualquier pseudomedicina, veamos los énfasis de ese nada imaginativo pero muy efectivo título, jugando con la combinación entre palabras en mayúscula y palabras en minúscula. Los énfasis mayúsculos están puestos en dos bloques. El primero: 'MENTIRAS QUE ENSEÑÉ'. El segundo: 'MEDICINA'. Pero entre medias sucede algo muy curioso y todavía más visual si cabe que, aunque vaya en minúscula, llama incluso más la atención: dos manos contrapuestas con el dedo índice indicando 'en la facultad de'. Título banal, anodino y espurio donde los haya, que provocará el levantamiento suspicaz de ceja sobre cualquiera versado en estos menesteres, pero contundente y muy efectivo para tres nichos de mercado: 1.) Lectores despistados y crédulos, con poca o nula formación científica crítica, que suelen consumir este tipo de libros —fue mi caso durante dos décadas—. 2.) Personas desesperadas que buscan una solución urgente a sus problemas de salud y no la han encontrado en la medicina. 3.) Teóricos de la conspiración convencidos y/o personas suspicaces con las instituciones médicas y/o farmacéuticas, vulnerables al pensamiento conspiranoide. También se suele dar el caso muy común de personas con una elevada formación científica —como la mayoría de escritores que se dedican a escribir este tipo de libros, siendo el autor del citado el más claro ejemplo— que, por sus particulares y personales motivos, deciden obviar esa formación, la ciencia y su método, para falsear lo que saben y retorcerlo hasta que encaje con sus intereses, lo cual me parece bastante peor —como opinión subjetiva personal— que cuando proviene de la ignorancia y el desconocimiento.
Un título así de contundente, tajante y arrogante no tiene nada de desperdicio en su petulancia, pues presupone que en la facultad de medicina donde enseñaba este radiólogo estadounidense —pues esa es la verdadera especialidad del autor, no la nutrición, de la que se permitirá hablar largo y tendido durante casi 400 páginas como si fuera un verdadero dietista-nutricionista experto— llamado Robert Lufkin, no solo se enseñaba una mentira sino mentiras, así, en general. Evidentemente afirmar algo de ese calibre es muy arriesgado y de una pretenciosidad desbordante, en especial cuando vayamos descubriendo, desde las primeras páginas del libro, cuáles son esas —hipotéticas y presuntas— "mentiras". Y es pretencioso, torticero e incluso malintencionado porque afirmar que se enseñan mentiras en una facultad de medicina implica que el estamento médico, a nivel académico, sabe que lo enseñado es erróneo y está equivocado, pero no obstante se sigue enseñando. Si analizamos la trayectoria de la medicina —que fue acientífica durante la gran parte de su recorrido histórico— desde que adoptó la ciencia basada en la evidencia, a partir de los siglos XIX y XX, no ha parado de evolucionar, al implementar los métodos de revisión y autocorrección tan necesarios para que se genere verdadero conocimiento útil, práctico y cuantificablemente beneficioso para una amplia mayoría de la población. Afirmar un académico médico que enseñó "mentiras" en la facultad de medicina debería, como mínimo, ser puesto en cuarentena, por lo menos hasta analizar esas hipotéticas "mentiras" afirmadas alegremente por el autor y ver si es así o no. No obstante, me adelanto con un pequeño destripe: al leer y analizar este libro entendemos lo que era previsible y por tanto leeremos entre líneas otro título distinto, algo así como: 'Las presuntas EQUIVOCACIONES que en MI SUBJETIVA OPINIÓN ENSEÑÉ en la facultad de MEDICINA'.
Luego tenemos algo en la portada que destaca en un color dorado, aunque mate apagado, abajo, a la derecha... el único sello de "calidad" que siempre imprimen y ofrecen este tipo de libros como efectiva técnica inequívoca de márquetin para convencer y vender: "Bestseller fulminante en The New York Times", dando a entender que porque lo hayan leído millones de personas y sea un libro superventas del prestigioso periódico neoyorquino, ya no hay pie a la duda y su contenido es válido. Pero en este caso me ha sorprendido lo de "fulminante" que nunca había visto. Ahora, al parecer, ya no basta con que sea un superventas... tiene que ser algo más... un superventas fulminante, es decir, muy rápido, súbito o capaz de provocar una explosión.
Y para rematar la ya saturante y sobrecargada portada, dos declaraciones inequívocas y arquetípicas de la pseudociencia, detalladas como subtítulos, por si no le había quedado claro a los indecisos.
La primera declaración, encima del título, afirma esto: "De cómo la medicina convencional nos está enfermando y qué puedes hacer para salvar tu vida". Veo difícil que puedan comprimirse más declaraciones pseudomédicas cliché en una frase. Empezamos con una señal-marcador inequívoca: eso de la "medicina convencional". En ningún sitio existe la "medicina convencional" (u "oficial") ni tampoco la "inconvencional" o cualquier otro apelativo que se le quiera añadir ("alternativa" antes, "integrativa" hoy). Existe la medicina —que está basada en lo que dice la evidencia científica— y todo lo demás son pseudomedicinas — basadas en afirmaciones infundadas que alguien se inventa y otros sustentan en base a la falacia de autoridad o argumentum ad verecumdiam—. Evidentemente la pseudociencia también aprende trucos y trampas para dar la sensación de veracidad usando el método científico. Este libro y su autor son un claro ejemplo. El recurso más usado con diferencia es la falacia de evidencia incompleta o cherry picking en inglés. Consiste en un espigueo sesgado, es decir, citar solo estudios, individuos, casos y ejemplos que parecen confirmar la posición y/o afirmaciones del autor. Pero esto no es lo más grave y peligroso de la primera declaración, sino establecer la contundente afirmación inequívoca —no la duda ni la pregunta— de que la "medicina convencional" —sí, esa que no existe, excepto en la imaginación pseudocientífica fabuladora, aunque en realidad se refiera a la medicina sin sobrenombres— nos está enfermando. Como es evidente, esa arriesgadísima afirmación no tiene ninguna validez ni fundamento. Que en todo caso las intervenciones médicas no den resultado porque todavía no haya encontrado la medicina un tratamiento efectivo para según que enfermedades o se generen efectos secundarios igual o peores que la enfermedad tratada tras un tratamiento dado —incluso la muerte en el peor y más desafortunado de los casos— jamás significa ni implica que la medicina nos esté enfermando. Las evidencias indican todo lo contrario. Lo que sí nos puede enfermar —si no lo estamos— o agravar más nuestras patologías —si ya las padecemos— es seguir los consejos y declaraciones de este tipo de individuos —lo cual no significa que suceda, aunque si seguimos sus consejos deberemos asumir riesgos elevados—. Aunque lo más delictivo por engañoso y generador de las peores falsas esperanzas —especialmente en personas que sufren enfermedades terminales o con padecimientos muy graves y hoy por hoy incurables— es el final de la primera declaración: "qué puedes hacer para salvar tu vida". Porque el calibre de esa descabellada declaración no solo es propia de megalómanos que se creen divinos, sino que solo beneficia al que la emite —en este caso en doble dirección: la editorial, que se asegura la venta de ejemplares del libro y el autor, que se asegura una amplia cartera de clientes, destacando a los más vulnerables, personas desesperadas que buscan salvar su vida, gracias a las cuales estos personajes prosperan y se enriquecen—.
La segunda declaración, debajo del título, afirma esto: "Cambios sencillos y demostrados en el estilo de vida para prevenir y revertir las enfermedades". Aunque esta segunda declaración parece un poco más modesta y menos mesiánica —pues no promete "salvar" vidas—, en realidad acaba de una forma parecida: promete "revertir las enfermedades". Idea y afirmación común a toda pseudoterapia y/o pseudomedicina, con la cual identificaremos, solo y por sí misma, que estamos ante el "sello de garantía" de la peor pseudociencia, pues solo la pseudociencia se permite usar la promesa —falsa e infundada— de "revertir las enfermedades". Tenemos evidencia científica de sobra como para hablar de prevención —y por descontado, no es casi nada de lo que vende Robert Lufkin en su libro superventas fulminante—, pero la idea de "revertir" enfermedades cuando ya las padecemos, eso es harina de otro costal que nadie con un mínimo de sensatez —o escrúpulos— se permitiría afirmar, jugando de manera imprudente y nada empática con la vida y esperanzas de personas en un estado de máxima vulnerabilidad.
Todo esto sale únicamente de la portada. No hemos ni empezado el análisis del libro. Así que imagínate cómo está el asunto por dentro. Bueno... debido a la extensión del post, intentaré ser un poco más breve (aunque no prometo nada, mucho menos que lo consiga).
Dietario de la compra, lectura y análisis crítico del libro Las MENTIRAS QUE ENSEÑÉ en la facultad de MEDICINA (Ediciones Obelisco, Rubí, 2025) de Robert Lufkin
Lunes, 27 de julio de 2026.
19:00.
Aunque ya lo había visto varias veces en la librería Códex de Orihuela —recordemos que la edición original en inglés se publicó en 2024 y la primera edición en castellano se publicó en noviembre de 2025— no decidí comprarlo hasta hoy, junto con otros cuatro libros más.
Hacía tiempo que no compraba libros de este tipo, básicamente porque siempre están escritos de la misma forma, con un contenido similar (basado en afirmaciones especulativas pero totalmente infundadas) aunque con continentes diferentes pero dependientes del sistema de pensamiento particular —y por norma general pseudocientífico— al que se adscriba su autor, siendo libros prácticamente inútiles y una pérdida de dinero si no vamos a decidir seguir sus argumentos, especulaciones ni consejos —como es mi caso—.
Durante las primeras dos décadas (entre 1995 y 2015) de mi interés por la alimentación y la salud solía comprar todos los libros que se publicaban y caían en mis manos sobre cualquier tipo de método, enfoque y/o sistema de pensamiento pseudocientífico que vendiera cualquier forma de pseudoterapia y/o pseudomedicina. Durante esas dos décadas fui incapaz de identificar y distinguir correctamente la diferencia de calidad entre un contenido pseudocientífico basado en especulaciones infundadas y uno científico basado en la evidencia disponible, debido a una falta de correcta formación y entendimiento del método científico. Pero poco a poco, eligiendo ciertas lecturas de divulgación científica rigurosa, aprendí la diferencia y entonces sí fui capaz de percibir, así como discernir esa aplastante diferencia. Por ese motivo dejé de gastar dinero y leer inútilmente, durante la última década transcurrida, libros que no me aportaban nada, excepto darme un trabajo añadido, al mismo tiempo que me quitaban tiempo de vida indagando a fondo para comprobar y contrastar la posible validez de sus argumentos y afirmaciones, que por norma general y a grandes rasgos son inválidos y no suelen servir para absolutamente nada, excepto generar confusión.
Pero como una de las intenciones que tuve al crear este blog fue analizar al detalle todas las pseudoterapias y/o pseudomedicinas para aportar mi punto de vista sobre ellas, como interesado que ha indagado a fondo en estos temas, al decidir retomarlo hace unos pocos meses —pues lo abandoné porque creí que ya no tenía nada más que contar, aparte de estar dedicado al mundo de la literatura y la lectura en general—, hoy también he tomado la decisión de volver a comprar los libros que considere importantes o significativos para retomar aquella intención inicial, de modas y/o tendencias actuales —como sucede con el libro que da comienzo a esta nueva sección analítica crítica del blog— o de modas y/o tendencias pasadas. Mi intención en el trasfondo de esta decisión no es tirar por el suelo ni menospreciar nada, sino dar mi opinión actual sincera sobre el asunto, declarando que solo es eso mismo: una simple opinión compartida por si acaso pudiera ser de alguna utilidad para alguien que decida contrastarla y verificarla independientemente de mí, pues podría equivocarme en el análisis.
Viernes, 7 de agosto de 2026.
11:14.
Acabo de terminar la lectura del libro
Las MENTIRAS QUE ENSEÑÉ en la facultad de MEDICINA, escrito por el radiólogo estadounidense Robert Lufkin en colaboración con Joshua Lisec.
Ha sido una lectura ardua, muy lenta y excesivamente pesada, costándome mucho avanzar —y no porque esté mal escrito o la lectura en sí sea farragosa, sino porque no aporta casi nada interesante—.
El martes, 28 de julio de 2026 por la mañana —unas horas después de comprar el libro— salimos de viaje mi mujer y yo a Granada, para pasar tres días de vacaciones veraniegas —este año, en principio, no habrá más, tras la mudanza y el nuevo recomienzo de cero—. En algún momento de ese mismo día empecé su lectura en la habitación del hotel Abades Nevada Palace. Durante los siguientes tres días de vacaciones leí pocas páginas, especialmente durante la noche, antes de acostarme a dormir. Y ya fue tras el regreso a casa el viernes, 31 de julio de 2026 cuando me dediqué más a fondo a la lectura, que se ha extendido a lo largo de una interminable semana —en realidad el grueso de la lectura ha tenido lugar entre ayer y hoy, dándole un fuerte empujón de más de 100 páginas por día para salir del estancamiento en el que me encontraba—. Así que concluida —por fin— la lectura, vayamos al análisis del continente y el contenido.
Las MENTIRAS QUE ENSEÑÉ en la facultad de MEDICINA tiene 407 páginas, de las cuales 376 son de lectura real. El libro está repartido en un prólogo del doctor Jason Fung, un prefacio del autor, doce capítulos, una serie de apéndices, los agradecimientos, una reseña sobre los autores y el índice analítico.
El libro se publicó originalmente en inglés en 2024. La primera edición en castellano fue traducida y publicada por Ediciones Obelisco en noviembre de 2025.
A grandes rasgos se puede hacer un rápido y directo resumen del libro en pocas palabras, pues todo él, a pesar de su grosor, orbita alrededor del mismo argumento, dividido en un par de planteamientos simplistas que explicarían, por una parte —siempre arreglo a las opiniones especulativas del autor—, el —presunto— origen y la —hipotética— causa de las enfermedades crónicas derivadas del estilo de vida, y por otra parte, las —especulativas aunque totalmente infundadas— soluciones. Ese argumento orbita alrededor de una concepción subjetiva del autor sobre la insulina —hormona polipeptídica producida por el páncreas que regula el nivel de glucosa en sangre— y la mTOR —proteína quinasa fundamental que funciona como sensor maestro de nutrientes y energía—, cuya regulación, así como "encendido" y "apagado" sería, según sus opiniones —nunca demostradas, no consensuadas y mucho menos respaldadas por la comunidad científica—, la causa de las enfermedades crónicas derivadas del estilo de vida, proponiendo como solución una desmentida y peligrosa dieta cetogénica —dieta restrictiva basada en la eliminación drástica del consumo de cereales y legumbres, reduciendo al mínimo el consumo de frutas, para aumentar al máximo el consumo de productos de origen animal, destacando las carnes de todo tipo, los huevos, los lácteos y cualquier grasa saturada, incluyendo la de coco, para provocar cetosis, es decir, que el organismo extraiga energía de los cuerpos cetónicos en lugar de la glucosa— cual fundamento principal de base. Esa propuesta no solo no tiene ningún fundamento para "tratar" las enfermedades crónicas, sino que está totalmente desaconsejada por la evidencia científica. Por ese motivo, en el 'Capítulo 1. Lo hice todo bien y, de todos modos, (casi) me muero' (páginas 17 a 46) ya está todo su plan, estrategia y opinión citada expuesta. El resto del libro será una repetición redundante, durante once capítulos más, de todo lo dicho en ese primer capítulo, analizando lo que él considera las "trece mentiras" que enseñó en la facultad de medicina, aunque en el libro se presentan diez: la "mentira" metabólica; la "mentira" de la obesidad; la "mentira" de la diabetes; la "mentira" del hígado graso; la "mentira" de la hipertensión; la "mentira" de las enfermedades cardiovasculares; la "mentira" del cáncer; la "mentira" del alzhéimer; la "mentira" de la salud mental; la "mentira" de la longevidad.
Por descontado que esas diez supuestas "mentiras" tienen para el autor un culpable directo e inapelable: se trata del azúcar. La esencia argumental esgrimida por el autor es que son "mentiras" por una sencilla razón: que no se enseñe en las facultades de medicina que la causa de todas las enfermedades crónicas es el consumo de carbohidratos —algo bastante reduccionista e infundado, pues los alimentos combinan macronutrientes y micronutrientes en proporciones muy variadas— y que la solución pasa por eliminar los carbohidratos de la dieta. Así, como suena. Evidentemente esa insensatez no se puede enseñar en las facultades de medicina porque no tiene ningún fundamento ni respaldo.
Aunque a veces incidirá en la glucosa como el problema esencial y la causa de las principales enfermedades crónicas, a partir del 'Capítulo 5. La mentira del hígado graso' (páginas 143 a 168) se obececará con la fructosa, presentándola, de manera alarmista, como poco más que una toxina venenosa de altísimo peligro, con efectos sobre el hígado igual —o peores— que el alcohol. A pesar de no ser lo más conveniente consumir sacarosa (azúcar de mesa) ni JMAF (jarabe de maíz alto en fructosa) o cualquier otra variante de edulcorantes similares (como los siropes de arce o ágave, junto con la fructosa cristalizada), la evidencia científica no respalda ni de lejos las opiniones infundadas de este señor sobre las enfermedades crónicas, que a su juicio originan en una resistencia a la insulina derivada de ingerir carbohidratos, generando tener siempre los niveles de insulina altos, así como una función continua de la mTOR —debido a estar ingiriendo comida todo el tiempo—, que nuevamente a su juicio debe "apagarse" con ayuno intermitente —sin ningún respaldo ni evidencia científica más allá de su opinión personal—.
El problema que tiene de base la argumentación pseudonutricional lufkiniana es el mismo problema de base presentado por los programas dietéticos basados en modas pseudocientíficas de lo que el dietista-nutricionista español Julio Basulto llama "cuñadietistas": el nutricionismo radical o reducir la cuestión alimentaria a los tres macronutrientes —carbohidratos, proteínas y grasas— como si fueran moléculas aisladas en los alimentos y que podemos elegir según el grupo de alimentos al que pertenecen. Así que como los cereales y las legumbres, por ejemplo, contienen mayor proporción de carbohidratos —aunque también contengan proporciones nada desdeñables de grasas y proteínas en particular— deben ser clasificados como "carbohidratos", en un reduccionismo extremo e infundado por completo. Pero el verdadero problema no viene aquí —que ya es grave— sino en el aspecto de los significativos matices, pues el hecho de contener altas proporciones de carbohidratos un alimento no es suficiente como para zanjar la cuestión en la valoración de dos grupos de alimentos como los cereales y las legumbres, pues hay que ver una amplia cantidad de cuestiones que implican el procesamiento (en el caso de los cereales) o la preparación, entre otras.
Pero incluso el asunto va mucho más allá, si nos centramos en el "culpable" habitual para las dietas bajas en carbohidratos: los azúcares. Es curioso cómo obviamos la información completa y correcta de un asunto cuando nos interesa —en el mejor de los casos— o directamente porque tenemos un desconocimiento absoluto de aquello de lo que estamos hablando —en el peor de los casos—, pues en ningún momento el autor hace un análisis objetivo de los azúcares, que no se analizan jamás desde la composición bioquímica (contenido en glucosa y fructosa), sino desde las formas en que se presentan y los podemos ingerir, a saber: intrínsecos, añadidos y libres. Los azúcares intrínsecos son los únicos saludables y recomendados según la evidencia científica. Están presentes en las frutas frescas sin procesar ni cocinar. Cuando las procesamos o cocinamos, rompiendo su matriz, se convierten en azúcares libres, que son igual de perjudiciales que los añadidos. Todas las recomendaciones de las organizaciones competentes que se basan en la evidencia científica, única fiable y rigurosa que tenemos a disposición, indican, desde hace tres décadas, que debemos aumentar el consumo de frutas y verduras como protocolo saludable y preventivo principal —lo cual no significa que porque lo hagamos estaremos exentos de enfermar, sino que tendremos menos probabilidades de hacerlo; aunque nunca se afirma que podamos revertir las enfermedades crónicas cuando ya las padecemos—. Pero también debemos aumentar el consumo de legumbres y cereales integrales poco procesados. Por tanto, las recomendaciones de una dieta cetogénica —carnes, pescados, huevos, quesos, mantequilla y aceite de coco— no tiene ningún fundamento, sino todo lo contrario —aunque en su pretensión de ser "saludable" incluya algo de verduras y frutas—: las recomendaciones más competentes indican que reduzcamos el consumo de todo lo que aconsejan consumir las dietas bajas en carbohidratos.


