Redescubriendo el amazake macrobiótico
Uno de los descubrimientos gastronómicos más fascinantes que hice cuando me interesé por la macrobiótica —mi primer acercamiento tuvo lugar en la primavera de 1997, aunque no intenté implementarla de verdad hasta el otoño de 2003, fracasando rotundamente— fue el amazake.
Aunque en realidad el amazake es una bebida tradicional japonesa, dulce y casi nada alcohólica, preparada en base al arroz fermentado con kōji (hongo aspergillus oryzae), la macrobiótica lo reinventó durante el siglo XX en forma de una crema de arroz integral dulce fermentada igual —con kōji— pero sin alcohol y pensada como postre, pues tiene un sabor dulce —aunque apenas contiene azúcares— derivado de la fermentación enzimática del hongo que convierte los almidones (con cantidad abundante de amilosa) en azúcares simples.
Desde que probé el amazake macrobiótico —el único que podemos encontrar en España, a través de las tiendas especializadas o herdodietéticas— quedé gratamente sorprendido, por su sabor diferente, textura cremosa creíble y peculiar dulzor. Así que, de vez en cuando, si tengo la sensación de acercarme a una recaída cuando estoy en "la línea" o vivo un bajonazo anímico de esos que generan la sensación de vacío y/o sinsentido existencial que los ultraprocesados suelen calmar en un atracón, con esa equívoca sensación de tranquilidad y bienestar similar a las drogas tanto narcóticas como estimulantes —destacando los efectos euforizantes al principio del azúcar añadido, que luego pasan al sopor somnoliento apaciguador y una profunda sensación de calma— suelo recurrir al amazake y me ayuda bastante al principio, aunque más pronto que tarde no sirve para una mierda, pues no suele ser rival para los dulces industriales ultraprocesados —y además es carísimo en comparación—.
Hacía mucho tiempo que no recurría al amazake —en parte porque no ha parado de encarecerse— y ahora no lo necesito para nada, pues me encuentro en plena fase lactovegetariana hindú de transición —como ya conté en el post anterior—, comiendo lo único recomendado por los dietistas-nutricionistas serios y que se fundamentan en la evidencia científica: de postre, solo fruta fresca entera y sin procesar.
Pero llevo tiempo viendo una novedad que la curiosidad me impedía no probar antes o después: un amazake de azukis. La azuki es un tipo de legumbre cultivada en Extremo Oriente, a medio camino entre la soja y la alubia roja. En Occidente se usa principalmente a través de la macrobiótica y su venta suele estar asociada también a las tiendas especializadas o herdodietéticas. ¿Un amazake de azukis? Eso tenía que probarlo.
Ayer decidí no demorar más el asunto y me compré dos botes —a 6,29 euros cada uno; una auténtica locura que no repetiré, excepto en momentos puntuales—, uno de amazake de arroz integral y otro de amazake de azukis.
Como extra a comer solo fruta fresca, entera y sin procesar de postre, siempre y cuando sea ocasionalmente, me parece una opción interesante —si tenemos dinero de sobra o solo nos apetece malgastarlo— tomar amasake de postre.
No obstante, tampoco nos autoengañemos al tomarnos demasiado en serio declaraciones inexistentes de salud sobre el amazake, ni nos creamos las fantasías macrobióticas infundadas. Si nos apetece comer un dulce diferente y no tan dañino —tal vez— como las mierdas que nos ofrece la industria alimentaria o somos tan idiotas como para gastarnos 6 pavos y pico por cuatro cucharadas de una papilla con textura parecida al arroz con leche pero un sabor muy distinto, pues genial. Si no, es innecesario por completo. Ni añadirá ni quitará nada a una dieta saludable, fundamentada en alimentarnos a base de frutas frescas —enteras y sin procesar—, verduras de todo tipo —crudas y cocinadas, sin sal añadida—, frutos secos —crudos y tostados, sin sal añadida—, legumbres y cereales integrales, reduciendo al mínimo el consumo de carnes rojas, prescindiendo del todo de carnes procesadas —jamón del tipo que sea, embutidos, entremeses, hamburguesas, salchichas, carne picada, carne de kebab, nuggets, alitas de pollo, etcétera— y moderando el consumo de lácteos —nunca postres azucarados—, en especial quesos curados, así como huevos, erradicando también las perniciosas bebidas azucaradas —sean lácteos o no— que podremos sustituir por agua con gas o agua de soda, que psicológicamente tendrá efectos muy parecidos a los refrescos (pues hay aguas de todo tipo y con sensaciones palatales diferentes).








