La llegada de Elena Carrillo Álvarez (y su magnífico libro) a mi vida
Ahora no lo puedo asegurar a ciencia cierta pero juraría haber leído algo sobre Elena Carrillo Álvarez en el último libro de Julio Basulto Marset. No lo puedo comprobar porque hace un par de días (26 de junio de 2026) vino mi hermano a hacerme la visita (no nos veíamos desde el 18 de octubre de 2024) y (entre otros libros) se lo regalé. Pocos lo disfrutarán y aprovecharán como él, pues no solo se cuida, sigue un estilo de vida saludable y hace ejercicio, sino que lee y apuesta fuerte por la divulgación científica de calidad. Aunque tuvo problemas de sobrepeso en la adolescencia, no obstante hace ya muchos años que resolvió ese alarmante problema ubicuo en las sociedades obesogénicas (promotoras de la obesidad) que por desgracia habitamos todos, en cualquier parte del planeta azul.
Ayer por la mañana, tras despedirnos y coger el coche de nuestra madre (que no usa hace años), aparcado en el centro comercial Ociopía de Orihuela desde anoche, cuando volvimos de caminar por la mota del río Segura, partió hacia Alcoy, nuestro lugar de nacimiento y residencia durante años. Él pronto (apenas recién cumplidos los 20) se fue a Inglaterra y en la Gran Bretaña sigue, aunque a veces, cuando el trabajo y las vicisitudes de lo cotidiano se lo permiten, vuelve por estos lares del sureste peninsular.
Con el dinero simbólico que me dio antes de ayer mi hermano en agradecimiento por los libros regalados, ayer por la mañana pasé por la librería Códex, una de mis dos habituales, por si acaso, pues nunca se sabe cuándo vas a encontrar algo espectacular o necesario de verdad (sí, la propuesta de reducir la compra de libros no ha tenido mucho éxito, también debido a la inestabilidad personal y el abandono de la vivienda de alquiler donde hemos estado habitando mi mujer y servidor durante dos años, debido a la insostenibilidad de los alquileres por una parte y al cuidado que necesita su madre por otra parte, enferma de enfisema pulmonar en fase cuatro desde hace una década aproximadamente).
Entonces vi el librico de Elena Carrillo Álvarez cual novedad editorial de este mes: LA TRAMPA DE COMER BIEN. LO QUE HAY DETRÁS DE NUESTRAS DECISIONES ALIMENTARIAS (Plataforma Editorial, Barcelona, 2026).
Sinceramente, las secciones de alimentación y salud son desesperanzadoras en cualquier librería. En realidad lo han sido siempre, aunque antes, como también servidor pertenecía al "gremio" de lo pseudo y el "cuñadietismo" basultiano (naturismo en particular) todo era apasionante, magnífico, estimulante, espectacular... el problemilla es que estaba en un desierto literario desinformador y se trataba solo de espejismos (cuál peor que cuál). Nunca en otra sección librera hubo tantos libros basura a mi parecer. Creo que como buen naturista, naturópata y ovolactovegetariano arquetípico (esto último todavía lo soy) represento un axioma inequívoco: el asunto y la cuestión no reside ahí ni de coña. Y el libro de Elena Carrillo Álvarez lo aclara con una solidez y contundencia inapelable en mi opinión.
Demoler un sistema de creencias obsoleto y equivocado por completo no es fácil ni plato de buen gusto para nadie, más todavía teniendo en cuenta las pseudoseguridades que adquiriste con las afirmaciones infundadas pero petulantes sobre alimentación y salud de los Manuel Lezaeta Acharán (1881-1959), José Castro Blanco (1890-1981), Nicolás Capo Baratta (1899-1977) o el doctor Eduardo Alfonso Hernán (1894-1991). Me costó dos décadas superarlo. El mérito fue de Basulto, sin duda. De ahí que lo considere mi referente principal en estos menesteres. Pero no una autoridad (como sí fueron los personajes mencionados) pues Basulto nunca habla de sus ideas, especulaciones ni interpretaciones, sino de lo que dice la evidencia científica. Y aunque no sea la verdad absoluta ni de lejos, sí es, al menos, la mejor información disponible que tenemos a mano en la actualidad. Lo demás (como muy bien he investigado y probado durante años) son afirmaciones gratuitas.
¿Dónde está la diferencia? La pseudociencia siempre afirma lo mismo. La ciencia revisa y corrige a medida que las evidencias cambian.
La pseudociencia en realidad es religión. Un acto de fe en el que crees o no crees. Lo afirmado es dogma de fe: ¿que el dogma afirma que ciertos alimentos (o en su defecto el ayuno) curan las enfermedades, aunque no haya evidencia? Peor para la evidencia. Todos los creyentes, con cáncer o enfermedades terminales, a tomar zumos de frutas frescas (ecológicas, por supuesto) hasta que el cuerpo, lleno de metástasis o efectos secundarios letales consecuencia de renunciar al tratamiento médico, sucumbe aferrado a sus creencias. La pregunta es: ¿cuántas de esas personas hubieran tenido mejor pronóstico o mayor calidad de vida si hubieran seguido el tratamiento médico basado en la evidencia? Seguro que muchas no, pero otras tantas...
Incluso propongo otra pregunta: ¿por qué el doctor Max Gerson (1881-1959), creador y promotor de una pseudoterapia cuyas afirmaciones (a grandes rasgos) son que las enfermedades (cáncer en particular) se curan con zumos de frutas y enemas de café, murió de neumonía? ¿No tomó los suficientes zumos ni aplicó los suficientes enemas o acaso es que tenía 77 años y el mayor factor de riesgo para las enfermedades comunes causa principal de muerte (cardiopatías, cáncer, neumonía) es la edad avanzada (inmunosenescencia)?
Recordemos que un zumo de frutas no solo es incapaz de curar algo, sino que dista incluso de ser saludable, pues es una concentración de azúcares libres que, metabólicamente, se procesan igual que los añadidos (lo cual significa que pretender curarse una enfermedad con zumos de frutas es equivalente a pretender curarse una enfermedad con golosinas). Lo único que pasará es que empeoraremos con gran probabilidad. Y lo más seguro también, cuando queramos seguir el tratamiento médico será tarde (pues en el cáncer o las enfermedades autoinmunes lo más importante es cogerlas a tiempo y tratarlas pronto para que el pronóstico mejore).
¿Y en el caso de que lo haga, es decir, que mejore? Antes de aventurarse a concluir con precipitación que ha sido gracias a la pseudoterapia (como hacen la mayoría de sus defensores) primero habrá que reajustar los factores y patrones de confusión, pues muchas veces es debido a que antes de renunciar al tratamiento médico (al contrario de lo que pasó con Steve Jobs) fue seguido en primera instancia, aunque la persona afectada terminó abandonando a mitad. En la mayoría de los casos esa exposición farmacológica inicial explica la mejoría temporal.
Fue en la segunda mitad de 1995 (lo habré contado ya infinidad de veces, seguramente por aquí) cuando descubrí el budismo tibetano y ciertas creencias alimentarias tanto budistas como hinduistas, que me llevaron a querer hacerme vegetariano. Así empezó mi interés por la alimentación, que pronto derivó en un simultáneo interés por la salud. Pero en aquella época (aunque ya teníamos evidencia científica sobre la importancia de comer frutas frescas sin procesar y verduras poco procesadas) lo más fiable que pude encontrar fueron los libros del doctor Francisco Grande Covián (1909-1995), una eminencia referencial de la segunda mitad del siglo XX en nutrición y dietética (fue el fundador y primer presidente de la Sociedad Española de Nutrición) que, no obstante, reproducía ciertos tópicos y creencias que hoy en día han quedado desfasados, especialmente sobre el vegetarianismo, en gran parte gracias a la magnífica labor divulgativa de la dietista-nutricionista española Lucía Martínez Argüelles, especializada en ese aspecto, la alimentación vegetariana. Muy recomendable es en mi opinión su libro VEGETARIANOS con CIENCIA (Arcopress Ediciones, Córdoba, 2016) así como la continuación: Vegetarianos con más ciencia. GUÍA PARA UNA ALIMENTACIÓN SALUDABLE 100% VEGETAL (Ediciones Paidós, Barcelona, 2022).
De todas formas en aquella época de mi veintena recién inaugurada no me interesaba nada más que no fuera hacerme vegetariano por motivos religiosos, pues estaba descubriendo mi verdadero hogar filosófico y espiritual en el subcontinente asiático. Así fue como caí en las garras del naturismo y las pseudociencias, abrazándolas sin ningún tipo de cortapisa, duda o cuestionamiento. Y por tanto las secciones de alimentación y salud en cualquier librería se abrieron de par en par ante mí. Todo eran descubrimientos fascinantes, novedosos, alucinantes. Hoy los suplementos ortomoleculares de Ana María Lajusticia (1924-2024). Mañana la curación espontánea y las ideas de la "medicina" integrativa inventada por el doctor Andrew "Mister Natural" Weil. Evidentemente las cosas empeoraron mucho más. Pasado mañana el médico inhabilitado por mala praxis Ryke Geerd Hamer (1935-2017). Y ahí fue donde todo se desmadró hasta el punto de darme cuenta, por fin, de la locura en la que estaba metido, pues llegué hasta sus últimas consecuencias estudiando un curso de naturopatía e intentando ejercer como tal, convencido de todo lo que me vendía cualquiera que fuera referente en estos asuntos.
Por suerte nunca me embarqué en hipotéticos "tratamientos" de personas con trastornos graves, pero me sobró al ver en mis propias carnes y en las de otras personas que la fitoterapia y los suplementos ortomoleculares de nutrientes sintéticos (dos de mis herramientas principales) no tenían efecto terapéutico alguno. La principal evidencia llegó a través de la equinácea (echinacea purpurea y echinacea angustifolia) y la uña de gato (uncaria tomentosa), dos plantas "medicinales" que supuestamente sirven para potenciar y/o regular (modular) el sistema inmunitario. También investigué a fondo (sin resultado terapéutico alguno en bajas dosis y solo nerviosismo e inquietud agitada en grandes dosis) el archiconocido y cacareado ginseng (panax ginseng). Las dudas se fueron acumulando con el resto de la fitoterapia y las grandes dosis de vitaminas, minerales y oligoelementos (lo aconsejado por la "medicina" integrativa). Solo me faltó rematar con las afirmaciones del "doctor" Hamer, cuyas descabelladas y delirantes ideas (todas las enfermedades son producto de un conflicto psicoemocional interpretado como un programa biológico de supervivencia, da igual lo que comas, lo que fumes, lo que bebas y si haces ejercicio o no) han derivado en infinidad de pseudomedicinas, pseudoterapias y movimientos sectarios peligrosísimos en mi opinión (biología total, descodificación biológica original, bioneuroemoción) como experto que puso en práctica todo eso y recibió la inequívoca respuesta contundente e inevitable: es el equivalente (junto con la homeopatía) a no hacer nada, pero pagando ingentes cantidades de dinero por ello. Ese es el resumen rápido y directo, para no perder más tiempo con ello.
Los desengaños siempre son desoladores pero abren la puerta a la madurez, el cambio, la revisión sistemática de tus creencias y la posibilidad de autocorregir los errores de apreciación, sesgos cognitivos y dogmas de fe sin fundamento que a la larga se vuelven muy perjudiciales. Especialmente en el asunto que nos traemos entre manos, alimentación y salud.
Por eso creo que hoy, más que siempre, nos encontramos en una situación de máxima exposición y vulnerabilidad. Yo pensaba que en mi época no hubo más opciones que los charlatanes y la desinformación, lo cual me condujo a la pseudociencia y el "cuñadietismo", porque faltaba información. Hoy es mucho peor, pues si bien tenemos información fiable y rigurosa de sobra, no obstante predomina muchísimo más la desinformación que en mi época y... ¿por qué? En mi humilde e ignorante opinión tal vez sea por internet y el funcionamiento de las redes sociales, así como los algoritmos. También es evidente (al conocer un poco al ser humano y su modus operandi) que la posibilidad de poder todos dar su opinión libremente (como estoy haciendo yo ahora por aquí) implicará muchísima desinformación abundante y por tanto necesitaremos una agudeza intelectual crítica para saber discernir y elegir correctamente, desechando el resto. Cosa que, visto lo visto, no tiene casi nada de utilidad en la práctica, excepto como idea.
No obstante lo dicho, creo sinceramente que el libro de Elena Carrillo Álvarez es muy necesario e importante en la época del "fitness", el "crossfit", los "gymbro" y el resto de anglicismos chabacanos que ahora han puesto de moda primero empobrecer nuestra rica y amplia lengua y luego vender patrañas ignorantes y bastante peores que las que me tragué como puños. Llamaría yo a este periodo de supina ignorancia alimentaria elegida voluntariamente y exhibida con altanería, la "era Llados Fitness". Creo que ahí podríamos tener el arquetipo representativo del absoluto desconocimiento presentado como la verdad absoluta e incuestionable.
Muy significativo es a mi juicio el subtítulo del libro (teniendo en cuenta la suma importancia del título): LO QUE HAY DETRÁS DE NUESTRAS DECISIONES ALIMENTARIAS. La pregunta sería: ¿sabemos en realidad lo que hay detrás de nuestras decisiones alimentarias o simplemente con afirmar que miras a derecha y solo ves panzas y panzas, miras a izquierda y solo ves pan con mermelada y mantequilla ya está todo claro?
La contraportada es elocuente de sobra: "Si comer bien fuera solo fuerza de voluntad, ya lo estaríamos haciendo. ¿Qué nos motiva realmente a decidir lo que comemos?". Pero antes de nada... ¿quién es la autora del libro que hoy propongo como una necesidad vital para cualquiera (ya que todos comemos varias veces al día)?
Elena Carrillo Álvarez es una dietista-nutricionista, psicóloga, docente académica e investigadora española.
La contraportada del libro sigue siendo muy elocuente: tal vez la elección de nuestra comida no es algo tan fácil como creemos. "Este libro explora por qué comemos como comemos y hasta qué punto nuestras decisiones alimentarias están condicionadas por el entorno: el sistema alimentario, el trabajo, el tiempo, la cultura, la publicidad y las desigualdades sociales".
Tras dos buenos (y potentes) prólogos empieza la Introducción de la autora. Y también empieza con fuerza: "Lo cierto es que la mayoría de los aspectos que condicionan nuestra alimentación no son individuales. Las condiciones en las que nacemos, crecemos, aprendemos, trabajamos, envejecemos..., vaya, las condiciones en las que se desarrolla nuestra vida y que se conocen como determinantes sociales de la salud, influyen sobremanera en cómo comemos" (página 17). El mito de la fuerza de voluntad individual tan manido pero repetido hasta la saciedad se cae cual castillo de naipes.
Inmediatamente después viene la verdadera seña de identidad que suele presentar un buen libro de divulgación científica, así como la diferencia entre ciencia y pseudociencia: lo que dice la autora no trata de opiniones suyas inventadas aleatoriamente (o copiadas y calcadas de otros autores que hacen afirmaciones gratuitas) sino de la evidencia: "Que las decisiones de salud se ven influidas tanto por el entorno como por nuestra capacidad de actuar es algo que no he inventado yo. Es algo recogido ampliamente desde (al menos) los años ochenta, en la Carta de Ottawa de Promoción de la Salud, y que actualmente organizaciones y epidemiólogos siguen poniendo sobre la mesa, al romper una lanza a favor de superar dicotomías y reconocer que, si queremos mejorar la salud poblacional [...], es necesario actuar tanto sobre las condiciones estructurales como sobre la capacidad de las personas para desenvolverse en ellas. Dado que las condiciones estructurales son más complejas de modificar, este libro pretende desgranar lo que sabemos hoy sobre cómo el entorno afecta a la forma en que comemos. Lo hace con la doble finalidad de proporcionar herramientas para sacar el máximo partido a las situaciones individuales [...], así como de empoderarnos como ciudadanos, de modo que podamos adoptar una actitud crítica y un rol activo para exigir un entorno que promueva la salud y facilite la toma de decisiones saludables" (página 18). Mirada amplia, sensata, fundamentada, que huye de fórmulas rápidas, simplistas, sencillas y reduccionistas que, como es evidente, no resuelven nada (en todo caso lo empeoran todo), como echarle las culpas al individuo por su falta de compromiso saludable o fuerza de voluntad (sin tener ni idea de lo que hablan) y convertirse en un influyente del "fitness" (moda anglosajona fundamentada en afirmaciones infundadas) sin analizar, por ejemplo, el entorno obesogénico colectivo que nos rodea o cómo funciona la industria alimentaria (y que esos influyentes retroalimentan, al menos indirectamente, al centrarse solo en su negocio y monetizar a costa de la calidad pésima del contenido creado, mientras la cantidad de seguidores aumente, lo cual solo genera mayor confusión en los consumidores de ese contenido, haciendo que tomen peores decisiones).
A mi parecer, como persona afectada (al igual que tú y cualquiera, sí, incluyendo a los referentes "fitness", que al fin y al cabo tampoco lo hacen tan bien y perfecto como creen, solo hay que analizar muchas de sus afirmaciones a la luz de la nutrición basada en la evidencia) siempre he pensado que la verdadera solución (frustrado por tanto fracaso individual) empieza aquí: adoptar una actitud crítica y un rol activo para exigir un entorno que promueva la salud y facilite la toma de decisiones saludables.
Personalmente (como especulación subjetiva) no veo mejor solución que esa, pues las he probado y puesto en práctica todas. Ninguna da resultado. Por tanto hay que seguir indagando. Y la que propone Elena Carrillo es la única que nunca se ha implementado: exigir un entorno que promueva la salud y facilite la toma de decisiones saludables.
Siempre me pregunto, en estado de máxima frustración: ¿por qué seguimos tolerando que la situación alimentaria continúe así? ¿Hasta cuándo lo haremos? No hay más que acudir a cualquier comercio que venda productos comestibles y echar un vistazo (sí, incluso a una frutería). Todo está saturado de ultraprocesados insaludables. El problema es que tenemos suficiente evidencia científica de lo que provoca esta realidad alimentaria ubicua desde hace décadas: todo tipo de problemas crónicos de salud. ¿Por qué, entonces, nadie hace nada para resolver el asunto? Y la única respuesta que me queda es la de siempre: el beneficio, la ganancia, la acumulación, la avaricia, la codicia... lo que hay en sociedades comerciales y mercantiles donde todo debe monetizarse. Por tanto no puedo evitar pensar: ¿y si entre todos arruináramos a la industria alimentaria, pagando así las consecuencias de su codicia y avaricia, cuyo resultado es que todos seamos potenciales víctimas de la pérdida de salud, por un motivo o por otro, pues todos consumimos sus irresponsables productos? Se me ocurren varias estrategias, como la inundación masiva a denuncias que acabe paralizando la industria, a través, por ejemplo, de las aseguradoras que deben cubrir los problemas de salud derivados de una dieta malsana. Porque... ¿cómo es posible que los ultraprocesados, promotores de todo tipo de enfermedades y muertes prematuras, sigan siendo accesibles sin restricciones?
Claro... entonces tropiezo con el gran obstáculo: porque la legislación es laxa y por tanto protege de una manera o de otra a la industria. Cosa que de alguna manera deberá cambiar. Y la única que parece ser efectiva si echamos la vista atrás es presionando, exigiendo masivamente. Pero para eso primero deberemos estar bien informados y dejarnos las tonterías "cuñadietistas" a un lado, confiando de una vez por todas en los verdaderos expertos que se fundamentan en la evidencia científica (el mejor conocimiento disponible de todo lo que hay), los datos fiables y la información rigurosa.
De ahí que me parezca una excelente idea empezar con este magnífico libro de Elena Carrillo Álvarez, que no tiene desperdicio y nos dará muchas claves (a descubrir por cada persona que decida comprometerse e informarse, ya que este post se alargó demasiado).




